
"...Son personas que tuvieron su gran momento en la historia de nuestras vidas, a veces un papel estelar. Gente que nos amó, que se acercaba a menudo a nuestra casa para pasar la tarde charlando de todo o de nada junto a unas botellas de cerveza, o incluso gente que nos crió de alguna manera, que nos cuidó cuando niños, y nos dio la sopa en la boca y nos puso el pijama cada noche, encima de una silla, junto a la estufa de butano de la cocina. Luego se fueron alejando poco a poco. Primero dejaron de felicitar los cumpleaños, se acabaron aquellas cenas, los planes, las confidencias; luego se fueron espaciando las llamadas hasta desaparecer del todo, y finalmente nos retiraron también hasta el saludo [...]
El curso de los días va trayendo gente nueva y es necesario dejar espacio, ir diciendo adiós a todos los que antes que, por el motivo que sea, no llegaron a quedarse del todo. De la conversación en cualquier esquina se pasa al saludo sin más y de éste al leve movimiento de cabeza, o de cejas, o incluso de labios que se mueven sin llegar a decir nada, y después ya sólo el silencio. Todo es tan gradual y sucede de un modo tan sutil que parece un proceso natural e irremediable. Es posible estar en la terraza de un bar a medio metro de una antigua amante que lee sin levantar la vista del libro en la mesita de al lado, y dos mesas más allá un antiguo profesor, y junto a él la tía Josefa, por ejemplo, que te consolaba cuando eras pequeño, que te limpiaba los mocos, que te llevó de viaje al zoo de Barcelona en un autobús de línea. Cada uno tiene delante su café, su vida desnuda de pasado y ninguno de ellos va a darte las buenas tardes ni mucho menos a mirarte de frente. Dan vueltas al azúcar con gesto de autómatas, de vez en cuando miran al vacío. Francamente, uno no se acostumbra a que no estén muertos, que sería lo suyo. O lo bello. Al menos nuestros pensamientos hacia ellos estarían presididos por la nostalgia, y no por este triste no saber qué pasa, que arrambla incluso con el presente y te hace ver en el primer apretón de manos, en el abrazo amoroso de quien dice morir por ti, a la desconocida que dentro de un tiempo pasará por la acera de enfrente girando altiva el cuello en dirección contraria. Que eso sucederá más tarde o más temprano es algo tan seguro como sólo lo es la muerte..."
“Escuela de la muerte” – Carlos Castán. “Sólo de lo perdido”